Ironías de la crisis, de Bengazi a Fukushima. Despolarización, fin del crecimiento global, rebeliones periféricas, crisis ideológica

En el primer trimestre de 2011 dos acontecimientos sacudieron al planeta: la rebelión árabe y el Tsunami sobre Japón que derivó en crisis nuclear.



En principio se trataría de dos fenómenos inesperados, sobre todo el segundo, sin embargo es posible inscribirlos en el proceso de crisis (decadencia) de larga duración delsistema global y en consecuencia presentarlos como previsibles, como acontecimientos altamente probables si nos trasladamos algunos años hacia atrás a la época del auge neoliberal y más aún al período reciente de la orgía financiera-militar simbolizada por George W. Bush y sus halcones.

El mundo burgués anterior a los estallidos económicos de 2007-2008 se encaminaba eufórico y triunfalista hacia un variado abanico de crisis (energéticas, financieras, sociales, ambientales, políticas, etc.) cuya convergencia señalaba la proximidad de un decisivo punto de inflexión, de tránsito rápido hacia una era turbulenta.

El despertar árabe

La rebelión árabe ha causado una grave perturbación geopolítica desde un espacio hasta hace poco integralmente dominado por Occidente a través de una pragmática combinación de regímenes consolidada sobre las ruinas de la Guerra Fría (desde las petromonarquías del Golfo pérsico hasta los despotismos «republicanos» del norte de África pasando por la ocupación de Irak).

Los Estados Unidos y sus aliados occidentales intentan ahora recomponer su esquema regional de dominación por medio de un juego complejo que incluye en ciertos casos la represión abierta a las protestas populares o bien la gatopardización de las rebeliones (“transiciones negociadas”), cambios superficiales dejando intactas las estructuras existentes, y en otros forzando, incluso por la vía militar, alternativas controladas.

Este fenómeno se agrega, deteriorando severamente, a la ya difícil situación de los Estados Unidos en el área islámica-asiática con el fracaso de las guerras en Irak y Afganistán-Pakistan y la permanencia de Irán como potencia islámica regional (no árabe) hostil a Occidente, no está de más recordar que en ese espacio asiático vive el grueso de los musulmanes cuya masa total representa un cuarto de la población mundial.

Más allá de las maniobras tácticas en curso, de los éxitos o las derrotas parciales lo ocurrido marca por lo menos un aflojamiento de los lazos de dominación imperialista en la región reforzando así la tendencia hacia la despolarización global, es decir la declinación del sistema imperial planetario estructurado en torno de los Estados Unidos.

La rebelión árabe aparece como una avalancha democrática que desborda las estructuras de sometimiento que hasta hace muy poco eran consideradas estables por los expertos occidentales. Mubarak en Egipto (30 años en el poder) heredero-degenerado de la revolución nasserista de la que formó parte en su juventud aparecía como un déspota inamovible apoyado en un gigantesco aparato represivo al igual que Ben Alí en Tunez (23 años en el poder), Abdullah Saleh en Yemen (32 años en el poder), Al Assad padre e hijo en Siria (40 años en el poder) o Khadafi en Libia (42 años en el poder). Todos ellos se vieron enfrentados a la marea popular, en casos como los de Egipto o Túnez Occidente pudo manipular el establecimiento de gobiernos de transición (basados en el alejamiento de los antiguos déspotas-amigos) que les daba tiempo para intentar recomponer los mecanismos de control, en el caso de Libia eso no fue posible y entonces intervino militarmente tratando así de forzar un nuevo sistema de poder sometido a sus intereses.

Pero la rebelión árabe no se reduce a ese espacio étnico-geográfico ni al objetivo de democratización política, su carácter transnacional amenaza extenderse hacia el conjunto de África, hacia zonas islámicas no árabes de Asía Central y alienta rebeldías en China (futura candidata a un “inesperado” aluvión de protestas populares). Y por debajo de las banderas democráticas emerge de manera bastante visible el rechazo a la concentración de ingresos, a la marginación de las clases bajas, al agravamiento de la pobreza en sectores cada vez más extendidos de la sociedad consecuencias evidentes de la globalización.

En el contexto de profundización de la crisis mundial las exigencias combinadas de democracia y justicia social conforman una seria amenaza para esos capitalismos subdesarrollados. El fantasma del anticapitalismo, por ahora invisible puede llegar a irrumpir en algún momento futuro de manera tan multitudinaria y sorpresiva como lo ha hecho ahora la ola democrática, derivado naturalmente de esta última y apareciendo como ruptura interna (respecto de las élites dominantes locales) y externa (respecto del sistema imperialista).

En realidad no se trata de dos rupturas potenciales convergentes sino de una única ruptura anticapitalista posible, así ocurrió con las viejas revoluciones populares radicales en la periferia del siglo XX empezando por Rusia en 1917 demostrando así que la reproducción mundial heterogénea del capitalismo (interrelación de polos imperiales y zonas satélites subdesarrolladas) al entrar en crisis crea las condiciones para su superación revolucionaria. Y esta crisis es mucho más grave que la de comienzos del siglo XX, lo que en tiempos de Lenin era el comienzo de la degeneración financiera-militarista del sistema ahora es su transformación en un proceso de decadencia general acelerada lo que plantea (por ahora teóricamente) el gran tema del postcapitalismo radical, mucho más radical que su antecesor del siglo pasado.

La primera ola periférica democratizante de este siglo ocurrió en América Latina durante la década pasada, no superó los límites del capitalismo entre otras cosas porque este aunque ya en franco deterioro global pudo ofrecer buenos precios a las exportaciones primarias hasta llegar a la euforia de 2007-2008 cuyos efectos todavía no se han disipado y porque Occidente siguió articulando al planeta (con crecientes dificultades). Además en ese momento el capitalismo latinoamericano conservaba sólidos baluartes internos (institucionales, ideológicos, políticos, empresarios, etc.) que le permitieron contener la avalancha popular dentro de los límites de sistema. Esto incluye a los gobiernos más radicalizados como las de Bolivia, Venezuela y Ecuador que pese a los discursos más o menos socialistas y a las movilizaciones plebeyas de acompañamiento nunca traspasaron en la práctica las fronteras, los mecanismos de reproducción del capitalismo.

La aspiración de máxima de las potencias occidentales es que el mundo árabe regrese cuanto antes (con rostro renovado) a la situación colonial anterior a las revueltas populares, la de mínima sería una salida de tipo latinoamericano, progresista pero en última instancia controlada, jugando el juego de la reproducción de la globalización capitalista conteniendo desbordes subversivos, en suma cediendo espacios de autonomía pero preservando la naturaleza burguesa de esas sociedades.

Pero el panorama mundial actual es muy diferente del de comienzos o mediados de la década pasada, los países centrales se encuentran sumergidos en una crisis muy profunda y ante ellos se presenta un panorama de estancamiento o recesión, su deterioro cultural e institucional erosiona rápidamente las bases de su hegemonía planetaria. Esta situación comienza a afectar a la llamada periferia emergente y a la periferia en general donde a las tragedias habituales del subdesarrollo se le empiezan a sumar ahora los impactos de las turbulencias comerciales y financieras y también las consecuencias del deterioro de la legitimidad ideológica del capitalismo como realidad universal.

Es probable que el progresismo árabe haya llegado demasiado tarde, acosado por la desesperación imperial y la desestructuración (ideológica, económica, institucional) de sus sistemas burgueses locales, su éxito de duración incierta depende de la incapacidad de las fuerzas populares para construir alternativas postcapitalistas (la era neoliberal -despotismos internos mediante-y su operativo de tierra arrasada, de degradación integral de la sociedad, contribuyó a ello de manera decisiva).

Fukushima

Por su parte el desastre japonés aparece como un fenómeno producido por la fatalidad que sin embargo no puede ocultar las culpas, el descontrol del hiperdesarrollo. En principio no tendría nada que ver con la rebelión del subdesarrollo árabe aunque no resulta difícil detectar un lazo entre ambos sucesos: el desenfreno energético del capitalismo industrial que condenó al superdesarrollado Japón a tapizar su territorio, zona de alto riesgo sísmico, con una multitud de centrales nucleares y convirtió al mundo árabe, con centro en sus principales economías, en un área subdesarrollada consagrada a la extracción intensiva y transporte de petróleo.

Y así como las últimas dos o tres décadas fueron para el mundo árabe un período centrado en la depredación energética y el desastre social que culminó con la rebelión popular de 2011, significaron para Japón la persistencia de una crisis prolongada amortiguada por la hipertrofia financiera, el consumismo y los gastos públicos cubiertos con deudas, en ambos casos la lógica sobredeterminante del capitalismo global se expresó como exacerbación de sus peores taras, como fuga irracional hacia adelante.

Japón que en el pasado (no tan lejano) era la segunda potencia económica del mundo es un ejemplo que anticipa el próximo agotamiento europeo-norteamericano. Acosado por una crisis de sobrecapacidad productiva (o sobreproducción potencial) tiene una prolongada historia de estímulos estatales y consumismo ascendente que no han conseguido sacarlo de la postración en que cayó hace dos décadas. No colapsó porque su principal cliente comercial, los Estados Unidos, siguió absorbiendo exportaciones industriales japonesas y porque en su área geográfica irrumpieron mercados en expansión como los de Corea del Sur, Taiwan, Indonesia, Filipinas, Tailandia, etc., y finalmente China.

Pero a comienzos de 2011 había llegado a niveles de endeudamientos público y privado (sumando una cifra equivalente al 470 % del Producto Bruto Interno) que hicieron sonar las alarmas de los círculos dominantes globales. La deuda pública no dejó de crecer desde que la economía se estancó hace dos décadas, en 1989 equivalía al 50 % de su Producto Bruto Interno, hoy llega al 200 %. Ha sido hasta el presente financiada con el ahorro interno lo que a largo plazo produjo un bloqueo que ahora puede desembocar en una grave crisis, ya antes del Tsunami algunos expertos habían empezado a utilizar el término “colapso”) (1).

Los fondos públicos obtenidos con deudas fueron volcados hacia toda clase de “estímulos” (obras públicas faraónicas, subsidios a empresas y consumidores, etc.) que llegaron a saturar casi completamente la capacidad de absorción de la economía. Por otra parte los ahorristas eran incitados a consumir más y más (es decir a ahorrar cada vez menos) con el agravante de que el Estado con el fin de impulsar las inversiones fue reduciendo las tasas de interés, en los últimos 15 años las mantuvo por debajo del 2 % apuntando a cero. En consecuencia la tasa de ahorro medio de los japoneses fue descendiendo desde aproximadamente 14 % de los ingresos disponibles a comienzos de los años 1990 hasta el 2 % o menos, la masa total de ahorro interno bajó en el mismo período de 40 billones (millones de millones) de yenes a 10 billones. Hacia 1990 cerca del 20 % de los ingresos fiscales del Estado eran destinados al pago del servicio de deuda pública, la cifra subió hasta el 40 % en el 2000 y en 2010 llegó al 60 % (2). Mientras tanto la tasa de crecimiento económico anual fue girando en torno de una linea descendente, desde los altos niveles de la remota época del “milagro japonés” hasta las recientes “expansiones” raquíticas oscilando en torno del número cero (y anticipando una sucesión de cifras negativas).

El círculo vicioso del endeudamiento en el que ingresó Japón hace dos décadas conducía teóricamente hacia la bancarrota y cuando observamos la dinámica actual de los procesos de endeudamientos-estímulos con rendimientos decrecientes en términos de crecimiento del PBI en países como los Estados Unidos o Inglaterra y luego ampliamos la mirada hacia el conjunto de las economías centrales, llegaremos fácilmente a la conclusión de que el pasado japonés de los últimos veinte años es una guía muy útil para entender el presente de esos países.

Es en este contexto de decadencia japonesa que debemos localizar la tendencia irracional que derivó en crisis nuclear. Hacia 2007 aparecía en el Herald Tribune un artículo de Ishibashi Katsuhiko, profesor de la Universidad de Kobe (Japón) e integrante de la Comisión de Notables encargada de monitorear los sistemas de seguridad de las centrales nucleares japonesas (3). En ese artículo que en su momento tuvo una gran difusión internacional (aunque no fue el disparador de un escándalo mediático) Katsuhiko denunciaba el grave riesgo que corría Japón ante centrales nucleares no preparadas para resistir impactos sísmicos de alto nivel inevitables en ese país.

Pero las denuncias no tuvieron ningún efecto en las decisiones del gobierno y mucho menos en las de TEPCO, la principal empresa privada encargada de la gestión de dichas centrales. Katsuhiko terminó renunciando a la Comisión de Notables como forma de protesta ante la adhesión de sus miembros al bloqueo privado-estatal a la información sobre lo que realmente estaba sucediendo.

No fue esta la única denuncia importante y sin embargo la conjunción entre corrupción política, voracidad empresaria y complicidad de los medios de comunicación hizo que la marcha hacia el desastre continuara su curso tapizada por suculentos beneficios y sobornos. La lógica de las ganancias capitalistas fue superior al sentido común en medio de un clima de degradación generalizada de las élites japonesas embarcadas en la vorágine de los negocios financieros globales.

Fin del crecimiento global, decadencia del sistema

Por debajo de la cadena energética que vincula a la rebelión árabe con la crisis nuclear japonesa se extiende una tupida trama que incluye (explica de manera más amplia) ambos fenómenos, se trata del proceso general de declinación del capitalismo como sistema universal.

Desde el punto de vista de las relaciones entre el sistema económico y su base material la depredación en tanto comportamiento central, dominante del sistema comenzó hace unas pocas décadas a desplazar a la reproducción En realidad el núcleo cultural depredador existió desde el gran despegue histórico del capitalismo industrial (hacia fines del siglo XVIII, principalmente en Inglaterra) y aún antes durante el largo período protocapitalista occidental. Marcó para siempre a los sistemas tecnológicos y al desarrollo científico, empezando por su pilar energético (carbón mineral primero, luego petróleo) y una amplia variedad de explotaciones mineras de recursos naturales no renovables. Esa exacerbación depredadora es uno de los rasgos distintivos de la civilización burguesa respecto de las civilizaciones anteriores sin embargo durante las etapas de juventud y madurez del capitalismo la depredación estaba subordinada a la reproducción ampliada del sistema.

Pero a partir de fines de los 1960-comienzos de los 1970 se produjo una desmesurada expansión del saqueo que no permitió superar la crisis de sobreproducción iniciada en ese momento sino hacerla crónica pero controlada, amortiguada. Una de las bases de esta nueva etapa fue la exacerbación del pillaje de recursos naturales no renovables y la introducción a gran escala de técnicas que posibilitaron la súperexplotación de recursos renovables violentando, destruyendo sus ciclos de reproducción (por ejemplo en la agricultura). Esto ocurría cuando varios de esos recursos (por ejemplo los hidrocarburos) se aproximaban a su máximo nivel de extracción.

Se trató de una fuga hacia adelante “irracional” desde el punto de vista del largo plazo del capitalismo en general pero perfectamente “racional” si la miramos desde los intereses concretos de las compañías petroleras, de la industria del automóvil, del complejo industrial-militar, en realidad del grueso del sistema económico global donde predominaban ciclos de negocios cada vez más cortos, cada vez menos capaces de absorber prolongados períodos de maduración de las inversiones. La avalancha del cortoplacismo (de la financierización cultural del capitalismo) aplastó toda posibilidad de planificación a largo pazo de una posible reconversión energética.

El techo energético que ha encontrado la reproducción del capitalismo converge con otros techos de recursos no renovables que afectarán pronto a un amplio espectro de actividades mineras, a ello se suma la explotación salvaje de recursos naturales renovables. Se presenta así un escenario de agotamiento general de recursos naturales a partir del sistema tecnológico disponible, más concretamente del sistema social y sus paradigmas es decir del capitalismo como estilo de vida.

Por otra parte la crisis de recursos naturales indisociable del desastre ambiental converge con la crisis de la hegemonía parasitaria. En las primeras décadas de la crisis crónica de sobreproducción potencial el proceso de financiarización impulsó sobre todo en los países ricos la expansión consumista, la concreción de importantes proyectos industriales, de subsidios públicos a las demandas internas y de grandes aventuras militares imperialistas, pero al final del camino las euforias se disiparon para dejar al descubierto inmensas montañas de deudas públicas y privadas. La fiesta financiera (que tuvo en su recorrido numerosos accidentes) se convierte ahora en techo financiero que bloquea el crecimiento.

Ya desde la década de 1970 pero acentuándose en los años posteriores el crecimiento económico del área imperialista del mundo requirió dosis crecientes de droga financiera para seguir ampliando su economía aunque a tasas tendencialmente decrecientes, pero desde el estallido de la crisis en 2007-2008 la megaburbuja especulativa global (espacio de todas las burbujas financieras) ha ingresado en una etapa de saturación, algunas de su componentes todavía crecen y otras se desinflan pero el conjunto de la masa parasitaria se va estancando y anuncia su próxima declinación. El (hiper)desarrollo del parásito depende del dinamismo de su base estructural (las empresas, los consumidores, el estado) cuya capacidad de endeudamiento no es infinita, es altamente sensible a sus crisis. La expansión financiera va encontrando su techo histórico, las emisiones monetarias podrán dar algo de aire a crecimientos puramente nominales e incluso a algunos auges efímeros pero su destino está marcado. Se trata de un doble techo: el que establece el sistema en su conjunto al desarrollo financiero y el que este último le coloca a su base estructural (el capitalismo no puede crecer ahogado por su parásito financiero quien a su vez se va debilitando porque su “víctima” comienza a perder la capacidad para alimentarlo).

Un caso por demás elocuente es el de los llamados “productos financieros derivados”, sector decisivo del sistema. Los derivados equivalían en junio de 1998 a 2,5 veces el Producto Bruto Mundial, pasó a 5,5 veces en junio de 2004 y a 10,6 veces en diciembre de 2007. En Junio de 2008 llegó a una cima equivalente a 11,6 veces el producto Bruto Mundial pero en diciembre de ese año tuvo una caída de cerca de 136 millones de millones de dólares respecto de junio y las recuperaciones posteriores, conseguidas en base a las gigantescas emisiones monetarias de los países ricos no pudieron alcanzar el volumen nominal en dólares del pico superior ni su peso relativo al Producto Bruto Mundial.

Tal vez -no es seguro-la masa nominal podría llegar a incrementarse en el futuro amontonando dólares devaluados. Para que los derivados superen su techo actual situado entre 12 y 13 veces el PBM sería necesario mucho más que los estímulos implementados desde 2008 (hiperbillonarios pero evidentemente insuficientes). Sería necesaria por ejemplo una nueva ola de pillaje financiero mucho mayor que la que se desató desde el comienzo de la década del 2000 (la que a su vez prolongó-superó a la de los años 1990) pero esa hipotética ola no dispone de una amplia base de potenciales deudores ansiosos por gastar sino a los principales estados del mundo y sus correspondientes mercados internos abrumados por toda clase de deudas, consumidores estadounidenses, japoneses o ingleses con bajísimos niveles de ahorro, montañas de obligaciones cada vez más difíciles de pagar y activos desvalorizados, empresas transnacionales súperendeudadas chocando con mercados que crecen poco o nada. El profundo deterioro de esas estructuras bloquea posibles despegues financieros, la especulación financiera termina siendo víctima de su propio veneno.

En síntesis: la crisis crónica de sobreproducción iniciada hace cuatro décadas se ve transformando ahora en crisis general de subproducción, en incapacidad del sistema para seguir creciendo bloqueado por diversos “techos” (energético, financiero, ambiental…) impulsado por su propia dinámica a devorar las bases estructurales de su existencia, a desordenarlas cada vez más. Autofagia de ritmo difícil de pronosticar que por su carácter planetario y su alto nivel de recursos tecnológicos no puede ser comparada a las decadencias de civilizaciones anteriores (solo es posible establecer algunos paralelismos muy limitados).

Es increíblemente actual el pronóstico formulado por Marx y Engels en pleno auge juvenil del capitalismo (Marx-Engels, “La ideología alemana”, 1845-46): “Dado un cierto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, aparecen fuerzas de producción y de medios de comunicación tales que, en las condiciones existentes solo provocan catástrofes, ya no son más fuerzas de producción sino de destrucción” (4). En realidad la magnitud del desastre, su aspecto escatológico, de destrucción de los fundamentos de la supervivencia humana elevan dicho pronóstico hasta niveles seguramente no imaginados por sus entonces jóvenes autores.

Despolarización

El proceso de decadencia en curso debe ser visto como la fase descendente de un largo ciclo histórico iniciado hacia fines del siglo XVIII que contó con un articulador decisivo: la dominación imperialista anglo-norteamericano (etapa inglesa en el siglo XIX y norteamericana en el siglo XX). Capitalismo mundial, imperialismo y predominio anglo-norteamericano constituyen un solo fenómeno, una primera conclusión es que la organización sistémica del capitalismo aparece históricamente indisociable del articulador imperial (historia imperialista del capitalismo). Es necesario aclarar que la unipolaridad del mundo burgués en torno de los Estados Unidos no emergió luego del derrumbe de la URSS (1991) sino desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945), la caída soviética marcó la hegemonía universal del capitalismo con lo que el polo norteamericano devino planetario.

Una segunda conclusión es que al ser cada vez más evidente que en el futuro previsible no aparece ningún nuevo amo imperial ascendente a escala global (la Unión Europea y Japón son tan declinantes como los Estados Unidos y proponer la irrupción de un “imperialismo chino” de alcance mundial en los próximos años es un completo disparate), entonces desaparece del horizonte una pieza decisiva de la reproducción capitalista global a menos que supongamos el surgimiento de una suerte de mano invisible universal (y burguesa) capaz de imponer el orden (monetario, comercial, político-militar, etc.). En ese caso estaríamos extrapolando al nivel de la humanidad futura la referencia a la mano invisible (realmente inexistente) del mercado capitalista pregonada por la teoría económica liberal.

Aunque la decadencia no excluye a la agresividad militarista del Imperio sino todo lo contrario, de allí se deriva la conclusión de que al escenario probable de desintegración mas o menos caótica de la superpotencia deberíamos agregar otro escenario no menos probable de declinación sanguinaria, guerrerista. Cuando observamos la evolución ascendente de los gastos militares en los Estados Unidos y su conexión con fenómenos político-culturales como el de los halcones de la era Bush, las persistencias neofascistas en el sistema de poder (cada vez más concentrado) y en amplios sectores de la sociedad imperial (y de sus aliados subimperiales europeos y japoneses) somos inducidos a no descartar esa posibilidad.

Militarisno y dislocación geopolítica parecerían marchar juntos, los Estados Unidos y las potencias menores aliados en medio de zancadillas mutuas no consiguen salir de los pantanos en que se metieron durante la década pasada y tampoco pueden evitar ingresar en nuevos pantanos. Mientras tejen hipotéticas retiradas de Irak y Afganistán (cuadraturas del círculo consistentes en replegarse sin ser derrotados) acosados por crisis económicas y de legitimidades institucionales internas, se les aparece la gigantesca rebelión árabe. A la que buscan enfriar y si es posible sepultar lo que les obliga a intervenir, a extender sus operaciones militares a Libia intentando al mismo tiempo sacarse de encima a su ex amigo-dictador Kadafi y poner bajo control a los insurrectos. Cuando apenas podían sostener dos guerras se zambullen en una tercera, si no lo hacen sus pérdidas estratégicas pueden ser inmensas pero al hacerlo sobre-extienden aún más su ya excesivamente extendido (e insostenible a mediano plazo) sistema de intervenciones militares periféricas.

Crisis ideológicas, insurgencia global

Un conclusión general sumamente útil es que la rebelión árabe emerge como respuesta democrática, como rebelión periférica ante la decadencia del sistema global cuya podredumbre central expresa muy bien la crisis nuclear japonesa. De la misma se desprenden algunas lineas de reflexión necesarias para entender la realidad, su devenir sorprendente.

La primera de ellas se refiere a la desestructuración psicológica de las élites globales que enfrentan una verdadera catástrofe o megaruptura donde la declinación ideológica se combina con una generalizada crisis de percepción, ante ellos la realidad se presenta funcionando con dinámicas desconocidas ante las cuales los poderosos instrumentos de acción disponibles resultan ineficaces o incluso contraproducentes.

Los billones de dólares inyectados por las grandes potencias en los circuitos financieros desde 2008-2009 han dado muy pobres resultados, el intervencionismo es impotente y el libre juego del “mercado” conduce al desastre. Por otra parte la quiebra del orden periférico que en estos días señala el despertar árabe empieza a adquirir para esas élites el aspecto de un inmenso pantano en expansión, una pesadilla de la que no pueden escapar.

Recientemente la agencia Reuters publicó un informe especial sobre la intervención occidental en Libia a la que calificaba como “guerra no deseada por Occidente” señalando que se trató de una operación bélica que “Obama no quiere, David Cameron (el primer ministro inglés) no necesita, Angela Merkel (Alemania) no puede apoyar y que Silvio Berlusconi teme” , según el informe solo el presidente francés Sarkozy demotraba un entusiasmo preocupante (5)… y sin embargo la OTAN en pleno terminó por asumir el mando de esa guerra tratando así de suavizar rivalidades entre las potencias imperialistas. La agencia Reuters describía una situación a comienzos de 2011 donde los occidentales sumergidos en el burdel intentaban manu militari estabilizar la colonia libia en crisis frenando a puro bombardeo a las fuerzas de Kadafi cuya victoria sobre los rebeldes derivaría seguramente en una gigantesca masacre de población de consecuencias imprevisibles en el mundo árabe pero al mismo tiempo buscando controlar a los rebeldes, dejándolos en ciertos momentos a merced de las ofensivas gubernamentales temiendo que una victoria aplastante de la revuelta popular armada podría llegar a tener efectos explosivos en sus dos vecinos inmediatos, Egipto y Túnez todavía no estabilizados y en otros estados árabes presionados por las protestas de sus poblaciones. Sórdido juego colonial, multiplicación de maniobras tácticas en última instancia defensivas ante un inmenso tsunami democrático que ha desquiciado al complejo armado estratégico de dominación.

Una segunda linea de reflexión apunta hacia los límites de esas rebeliones periféricas que derrumban o deterioran seriamente a los regímenes elitistas pero que hasta ahora no quiebran, no superan las barreras burguesas y que parecen conformarse con reformas democráticas y mejoras sociales modestas. En ese sentido aparece cierta similitud con el ascenso progresista latinoamericano de la década pasada.

Una buena compresión de esos movimientos periféricos tiene obligatoriamente que situarlos en la dinámica global de la crisis (actualmente en sus etapa inicial) y entonces resaltar la enorme importancia, decisiva, de la movilización popular democrática avanzando según sus posibilidades concretas, al ritmo de la declinación del universo cultural hegemónico a escala planetaria, el estilo de vida moderno de raíz occidental (consumista, individualista, etc.).

Aparece finalmente una tercera línea de reflexión acerca del “sujeto” del proceso emancipador que se presenta como conjunto plural urbano y rural abarcando clases periféricas bajas y medias, obreros, campesinos, estudiantes, pequeños comerciantes, etc. Ello obliga a una tarea de reconceptualización del proletariado entendido como masa en expansión producto inevitable de la dinámica del capitalismo mundial atravesando la vieja crisis crónica de sobreproducción, depredadora e hiperconcentradora de ingresos y entrando en su crisis general de subproducción, entrópica, cargada de barbarie, de genocidio periférico. No se trata de la idea eurocéntrica e históricamente falsa que reducía al proletariado liberador a la clase obrera industrial (principalmente radicada en los países imperialistas) sino a la constatación de la presencia cada vez más numerosa y más oprimida de un proletariado plural cuya única posibilidad de supervivencia digna (o de simple supervivencia física en muchos casos) está en la insurgencia contra el sistema. Esta masa plural puede llegar a convertirse en fuerza social revolucionaria, en negación absoluta del sistema a través de la lucha que al calor del resquebrajamiento de las estructuras de dominación va haciendo su autoaprendizaje democrático. No es un proceso sencillo, lineal sino un desarrollo sumamente complejo hijo de la crisis del sistema.

En términos concretos esto significa que el lugar histórico del postcapitalismo, es decir del comunismo del siglo XXI se encuentra al interior de esas rebeliones, como parte de ellas, como avanzada consciente, democrática, radicalizada. Alternativa en formación asumiendo críticamente las experiencias populares donde se interrelacionan fenómenos “nuevos” (que nunca lo son completamente) con combates de larga duración que de ese modo amplían sus espacios: la resistencia hondureña, la revueltas árabes, las movilizaciones latinoamericanas más recientes confluyen con afluentes de prolongada trayectoria como la insurgencia colombiana o las resistencias palestina y afgana.

Buenos Aires, 4 de abril de 2011.


Notas

(1), James Quim, “When Japan Collapses”, Financial Sense, 16 Sep 2010.

(2), Ibíd.

(3), Ishibashi Katsuhiko, “Why Worry? Japan’s Nuclear Plants at Grave Risk From Quake Damage”, International Herald Tribune/Asahi Shinbun, August 11, 2007; Japan Focus, August 11, 2007.

(4), Marx & Engels, Obras Escogidas, Editorial Progreso, Moscú, 1974.

(5), Paul Taylor-Reuters, “Special report: The West’s unwanted war in Libya”, Apr 1, 2011.

http://beinstein.lahaine.org/